Foto del National Geographic
jueves, 10 de enero de 2013
sábado, 29 de diciembre de 2012
viernes, 28 de diciembre de 2012
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miércoles, 26 de diciembre de 2012
martes, 25 de diciembre de 2012
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miércoles, 17 de octubre de 2012
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domingo, 23 de septiembre de 2012
domingo, 9 de septiembre de 2012
martes, 21 de agosto de 2012
domingo, 19 de agosto de 2012
textos
En el silencio del bosque
Respiro. En el aire húmedo, mi aliento surge como veladuras etéreas.
Camino, dejándome llevar por la senda apenas esbozada, a mi alrededor helechos y troncos salpicados de musgo, más arriba, las frondosas copas de los viejos árboles cubren y tamizan los rayos de luz. Mis pasos se sumergen en ecos de un pasado ya olvidado, en un mundo lleno de ruidos y sonidos ya lejanos en el tiempo, el viento del bosque me trae voces, aquellas voces que un día escuche. Aquí y ahora, me siento protegido entre los árboles, entre estos majestuosos seres del tiempo y de la luz.
Mis compañeros de viaje duermen en las tiendas, llegamos ayer con nuestras bicicletas al caer la tarde, cuando todos los pájaros salieron a nuestro encuentro para saludarnos con sus infinitos cantos, fue en ese momento cuando el bosque se lleno de música, de un autentico concierto de la Naturaleza, de una armonía y belleza difícil de igualar, pero, ahora, en éste amanecer, todo esta quieto, - salvo la luz que se desliza entrando por entre las hojas-, todo esta aguardando el despertar del día.
Sólo, el suave murmullo del arroyo lejano, quiebra el silencio del bosque. El constante y continuo fluir del agua mitiga la tensión de mi alma, que se empecina en volver recordar aquellos días llenos de tonos grises y oscuros que una vez viví.
Fue un día a comienzos del mes de marzo cuando aquello ocurrió, vidas destrozadas, luces apagadas, también ese día hubo silencio, pero un silencio lleno de muerte y destrucción, un silencio que presagiaba un amanecer diferente, no de luz, sino de oscuridad y tristeza. El cielo dejo caer lagrimas de tristeza sobre las calles de Madrid aquel día y, todo parecía muerto, espantosamente muerto.
Respiro. Lentamente se iluminan las cimas de las montañas que nos rodean y la luz va ganando terreno, sobre las hojas de los árboles brillan minúsculas gotas de roció y, de repente, en el silencio del bosque, el dulce canto de un mirlo, rompe con su melodiosa música el amanecer, la mañana surge, se abre, como si fuera la primera mañana en este mundo.
Todas aquellas imágenes del pasado se borran de repente al contemplar la maravilla del renacer de la luz y de los sonidos del bosque.
....................................
Mis compañeros ya se desperezan en los sacos y les saludan los infinitos cantos de los pájaros del bosque,......................... toda la vida es ahora.
Respiro. En el aire húmedo, mi aliento surge como veladuras etéreas.
Camino, dejándome llevar por la senda apenas esbozada, a mi alrededor helechos y troncos salpicados de musgo, más arriba, las frondosas copas de los viejos árboles cubren y tamizan los rayos de luz. Mis pasos se sumergen en ecos de un pasado ya olvidado, en un mundo lleno de ruidos y sonidos ya lejanos en el tiempo, el viento del bosque me trae voces, aquellas voces que un día escuche. Aquí y ahora, me siento protegido entre los árboles, entre estos majestuosos seres del tiempo y de la luz.
Mis compañeros de viaje duermen en las tiendas, llegamos ayer con nuestras bicicletas al caer la tarde, cuando todos los pájaros salieron a nuestro encuentro para saludarnos con sus infinitos cantos, fue en ese momento cuando el bosque se lleno de música, de un autentico concierto de la Naturaleza, de una armonía y belleza difícil de igualar, pero, ahora, en éste amanecer, todo esta quieto, - salvo la luz que se desliza entrando por entre las hojas-, todo esta aguardando el despertar del día.
Sólo, el suave murmullo del arroyo lejano, quiebra el silencio del bosque. El constante y continuo fluir del agua mitiga la tensión de mi alma, que se empecina en volver recordar aquellos días llenos de tonos grises y oscuros que una vez viví.
Fue un día a comienzos del mes de marzo cuando aquello ocurrió, vidas destrozadas, luces apagadas, también ese día hubo silencio, pero un silencio lleno de muerte y destrucción, un silencio que presagiaba un amanecer diferente, no de luz, sino de oscuridad y tristeza. El cielo dejo caer lagrimas de tristeza sobre las calles de Madrid aquel día y, todo parecía muerto, espantosamente muerto.
Respiro. Lentamente se iluminan las cimas de las montañas que nos rodean y la luz va ganando terreno, sobre las hojas de los árboles brillan minúsculas gotas de roció y, de repente, en el silencio del bosque, el dulce canto de un mirlo, rompe con su melodiosa música el amanecer, la mañana surge, se abre, como si fuera la primera mañana en este mundo.
Todas aquellas imágenes del pasado se borran de repente al contemplar la maravilla del renacer de la luz y de los sonidos del bosque.
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Mis compañeros ya se desperezan en los sacos y les saludan los infinitos cantos de los pájaros del bosque,......................... toda la vida es ahora.
textos
¿Qué sientes cuando vas en bici?
(Relato imaginado al cien por cien, no real, ni personal,........... cosas de la imaginación)
Algunas veces, ante ciertas preguntas te vienen a la memoria circunstancias muy concretas que te han sucedido o les han sucedido a otras personas, cosas como lo que voy a tratar de narrar sucedió, no ha mucho, en un lugar de cuyo nombre sí quiero acordarme, Madrid.
Andaba yo en bicicleta después de haberme echado entre pecho y espalda un pedazo cocido madrileño, de esos que no se los salta un gitano, con sus garbanzos, su tocino, sus huesos de caña para el caldito, su patata, su repollo, su choricito, en fin pa qué os voy a contar.
Era un tórrido día de primeros de verano, de esos de 37 grados centígrados a la sombra del tendido del 7, cuando cogí la bicicleta camino del trabajo; andaba yo jugando con los cambios para coger la pequeña subida de la calle San Bernardo, cuando sentí una pequeña agitación a la altura del ombligo, no sé como definirla, el caso es que me produjo una sensación de aviso previo a algo más importante, que no llegaba a vislumbrar, pero que deje correr, así, seguí subiendo hasta llegar a enfilar dirección Glorieta de Bilbao, en esto, que me viene como una especie de síntoma, como una pequeña sensación de “Efecto Ventouri”, propiciado, achaque, a la despampanante comida que minutos antes había saboreado, a todo esto cambiando al plato grande y a un piñón más pequeño para permitirme ir más fluido antes de llegar a Alonso Martínez y acometer la bajada a Colón.
De repente, tengo la seguridad completa que estoy como hinchado y que el continuo movimiento de rodillas, caderas e intestinos me producen una estimulación que no sé donde me va a llevar, pero, que empiezo a sospechar.
Enfilo la Calle Goya y, un semáforo se me pone rojo, justo en la transversal con Serrano, así, que como siempre suelo hacer, pongo mi pie izquierdo sobre el asfalto e inclino ligeramente la cadera, ¡¡en que hora, “madre”!!, justo cuando estoy frenando, a mi izquierda para un Mercedes, de color azul ultramar, elegante él, de una línea de esas que dicen aerodinámica, de esos descapotables con un tío requetepeinado, de esos con gomina en el pelo y trajeado impecablemente, me mira con gesto despreciativo, de esas miradas que lo dicen todo de ese tipo de individuos, y, yo, que en ese momento giro un poco la cadera y ¡¡Señor!!, ¡¡Señor!!, relaje de tal manera la zona donde la espalda pierde su buen nombre, que estalle en una amalgama de sonidos y olores, que se expandió en un radio de unos dos metros; el semáforo todavía en rojo y el ejecutivo requetepeinado, con gomina en el pelo y traje de Milán, tragándose todo, todo, todo.
El semáforo se puso en verde y yo un poquito más aliviado seguí pedaleando camino del curre, todavía con ciertas sensaciones un poquito molestas, pero, ¡¡Pardiez!! que me sentí en ese momento muy a gusto sobre mi bicicleta.
(Relato imaginado al cien por cien, no real, ni personal,........... cosas de la imaginación)
Algunas veces, ante ciertas preguntas te vienen a la memoria circunstancias muy concretas que te han sucedido o les han sucedido a otras personas, cosas como lo que voy a tratar de narrar sucedió, no ha mucho, en un lugar de cuyo nombre sí quiero acordarme, Madrid.
Andaba yo en bicicleta después de haberme echado entre pecho y espalda un pedazo cocido madrileño, de esos que no se los salta un gitano, con sus garbanzos, su tocino, sus huesos de caña para el caldito, su patata, su repollo, su choricito, en fin pa qué os voy a contar.
Era un tórrido día de primeros de verano, de esos de 37 grados centígrados a la sombra del tendido del 7, cuando cogí la bicicleta camino del trabajo; andaba yo jugando con los cambios para coger la pequeña subida de la calle San Bernardo, cuando sentí una pequeña agitación a la altura del ombligo, no sé como definirla, el caso es que me produjo una sensación de aviso previo a algo más importante, que no llegaba a vislumbrar, pero que deje correr, así, seguí subiendo hasta llegar a enfilar dirección Glorieta de Bilbao, en esto, que me viene como una especie de síntoma, como una pequeña sensación de “Efecto Ventouri”, propiciado, achaque, a la despampanante comida que minutos antes había saboreado, a todo esto cambiando al plato grande y a un piñón más pequeño para permitirme ir más fluido antes de llegar a Alonso Martínez y acometer la bajada a Colón.
De repente, tengo la seguridad completa que estoy como hinchado y que el continuo movimiento de rodillas, caderas e intestinos me producen una estimulación que no sé donde me va a llevar, pero, que empiezo a sospechar.
Enfilo la Calle Goya y, un semáforo se me pone rojo, justo en la transversal con Serrano, así, que como siempre suelo hacer, pongo mi pie izquierdo sobre el asfalto e inclino ligeramente la cadera, ¡¡en que hora, “madre”!!, justo cuando estoy frenando, a mi izquierda para un Mercedes, de color azul ultramar, elegante él, de una línea de esas que dicen aerodinámica, de esos descapotables con un tío requetepeinado, de esos con gomina en el pelo y trajeado impecablemente, me mira con gesto despreciativo, de esas miradas que lo dicen todo de ese tipo de individuos, y, yo, que en ese momento giro un poco la cadera y ¡¡Señor!!, ¡¡Señor!!, relaje de tal manera la zona donde la espalda pierde su buen nombre, que estalle en una amalgama de sonidos y olores, que se expandió en un radio de unos dos metros; el semáforo todavía en rojo y el ejecutivo requetepeinado, con gomina en el pelo y traje de Milán, tragándose todo, todo, todo.
El semáforo se puso en verde y yo un poquito más aliviado seguí pedaleando camino del curre, todavía con ciertas sensaciones un poquito molestas, pero, ¡¡Pardiez!! que me sentí en ese momento muy a gusto sobre mi bicicleta.
textos
El violinista de la calle Princesa
Hace años que había decidido irme de la ciudad, llena de ruidos, coches - demasiados -, contaminación y gentes ansiosas y estresadas andando por sus calles, ahora, bajaba de tarde en tarde, y cada vez más, me parecía, que el cambio que había hecho estaba más que justificado.
En las calles, más coches, más prisas, más ruido, en definitiva, una ciudad más inhabitable.
Aquella tarde había bajado a realizar algunos regalos para mi sobrina y me reencontré andando de nuevo por calles que hacía tiempo que no pasaba, en algunas de ellas ya no existían las tiendas que yo conocía y en otras habían tirado un edificio antiguo y habían hecho un bloque de apartamentos de lujo.
Caminando despacio, fui a dar a la calle Princesa, cercana a lugares donde hace años íbamos los amigos del barrio a entrenar en sus pistas de atletismo o a jugar al tenis colándonos en los colegios mayores, o en épocas mejores, el Alcalde Tierno Galván y con él, casi todo Madrid, celebrábamos las fiestas de San Isidro en el Paseo de Camoes, o bien nos sentábamos a charlar en las terrazas de Rosales, con algún ligue ocasional.
En todo esto pensaba, cuando entre en la calle Princesa dejando a mis espaldas la Casa de las Flores, donde vivió Pablo Neruda, con alguno de sus muchos amigos de la Residencia de Estudiantes.
El trafico era insoportable, los cláxones sonaban sin parar, la gente en un constante trasiego salía y entraba de los grandes almacenes y cruzaba los semáforos, como grandes lotes, como paquetes de personas unidas por un hilo invisible.
De repente me fije, el lugar donde él se ponía, estaba vacío.
Allí, cerca de la cafetería Rodilla, se ponía a tocar por aquellos años, pero ahora no había nadie, y quizá yo percibía aquel hueco como una señal de que los tiempos ya no eran los mismos.
Se trataba de un violinista joven, con melena pelirroja, grandes gafas, que llegaba con su bicicleta azul, la apoyaba en la pared, cercana a la cafetería Rodilla, sacaba de sus alforjas de cuero su violín, su atril y sus partituras, las colocaba y se ponía a tocar.
Aquella estampa del violinista rompía la rutina gris y oxidada de la ciudad, en aquellos años se respiraban cambios, ganas de mejorar y de hacer la ciudad más humana, más de la gente que la habitaba; es cierto que apenas se le oía, pero eso no desilusionaba al violinista, que día a día, iba con su bicicleta, su atril y su violín y se ponía a tocar en la acera de la calle de la Princesa.
Ahora ya no estaba, ese lugar estaba vacío, quizá como vacía esta la esperanza de hacer una ciudad como ésta, más humana, más de la gente, más habitable.
Su presencia con cierto halo romántico creaba esperanzas de una ciudad mejor, donde la música se pudiera escuchar, donde para desplazarse de un lugar a otro de la ciudad no hicieran falta los coches, donde las personas andarán sin prisas por las aceras, y donde siempre, siempre, la música que se escuchara, fuera la de la vida.
Ahora él ya no estaba, ni su bici azul apoyada en la pared, ni su violín, ni su atril,.................... quizá con él se hayan ido las esperanzas.
Hace años que había decidido irme de la ciudad, llena de ruidos, coches - demasiados -, contaminación y gentes ansiosas y estresadas andando por sus calles, ahora, bajaba de tarde en tarde, y cada vez más, me parecía, que el cambio que había hecho estaba más que justificado.
En las calles, más coches, más prisas, más ruido, en definitiva, una ciudad más inhabitable.
Aquella tarde había bajado a realizar algunos regalos para mi sobrina y me reencontré andando de nuevo por calles que hacía tiempo que no pasaba, en algunas de ellas ya no existían las tiendas que yo conocía y en otras habían tirado un edificio antiguo y habían hecho un bloque de apartamentos de lujo.
Caminando despacio, fui a dar a la calle Princesa, cercana a lugares donde hace años íbamos los amigos del barrio a entrenar en sus pistas de atletismo o a jugar al tenis colándonos en los colegios mayores, o en épocas mejores, el Alcalde Tierno Galván y con él, casi todo Madrid, celebrábamos las fiestas de San Isidro en el Paseo de Camoes, o bien nos sentábamos a charlar en las terrazas de Rosales, con algún ligue ocasional.
En todo esto pensaba, cuando entre en la calle Princesa dejando a mis espaldas la Casa de las Flores, donde vivió Pablo Neruda, con alguno de sus muchos amigos de la Residencia de Estudiantes.
El trafico era insoportable, los cláxones sonaban sin parar, la gente en un constante trasiego salía y entraba de los grandes almacenes y cruzaba los semáforos, como grandes lotes, como paquetes de personas unidas por un hilo invisible.
De repente me fije, el lugar donde él se ponía, estaba vacío.
Allí, cerca de la cafetería Rodilla, se ponía a tocar por aquellos años, pero ahora no había nadie, y quizá yo percibía aquel hueco como una señal de que los tiempos ya no eran los mismos.
Se trataba de un violinista joven, con melena pelirroja, grandes gafas, que llegaba con su bicicleta azul, la apoyaba en la pared, cercana a la cafetería Rodilla, sacaba de sus alforjas de cuero su violín, su atril y sus partituras, las colocaba y se ponía a tocar.
Aquella estampa del violinista rompía la rutina gris y oxidada de la ciudad, en aquellos años se respiraban cambios, ganas de mejorar y de hacer la ciudad más humana, más de la gente que la habitaba; es cierto que apenas se le oía, pero eso no desilusionaba al violinista, que día a día, iba con su bicicleta, su atril y su violín y se ponía a tocar en la acera de la calle de la Princesa.
Ahora ya no estaba, ese lugar estaba vacío, quizá como vacía esta la esperanza de hacer una ciudad como ésta, más humana, más de la gente, más habitable.
Su presencia con cierto halo romántico creaba esperanzas de una ciudad mejor, donde la música se pudiera escuchar, donde para desplazarse de un lugar a otro de la ciudad no hicieran falta los coches, donde las personas andarán sin prisas por las aceras, y donde siempre, siempre, la música que se escuchara, fuera la de la vida.
Ahora él ya no estaba, ni su bici azul apoyada en la pared, ni su violín, ni su atril,.................... quizá con él se hayan ido las esperanzas.
textos
La bicicleta gris
Allí estaba otra vez, llevaba cuatro días seguidos viéndola aparcada cerca de la estación, como los días anteriores. Me dirigía como todos los días por esas horas, camino de la rutina, camino del trabajo.
La reconocí de inmediato: gris, con los pulpos verdes en el transportin trasero y las anillas de los pantalones enganchadas en los cables del freno.
Me resultaba raro verla sin su dueña, la última vez que las vi juntas,- a ella y a la dueña- con las alforjas cargadas fue en un viaje por tierras de Extremadura, hacia ya dos años de ello.
A medida que iba andando camino del tren, los recuerdos se me iban agolpando en mi memoria. Y ellos me llevaban a aquel día en el que un amigo nos presento.
Por entonces M., que así se llamaba la dueña de la bicicleta gris, cogía la bici para ir al trabajo pero no con mucha continuidad y quería empezar a viajar y conocer las tierras de su país a lomos de su bicicleta. Nuestro común amigo y yo, la pusimos en contacto con un pequeño grupo de personas que se dedicaban, en su tiempo libre, a viajar en bicicleta. En principio M. tenía algo de miedo por no estar a la altura del grupo, pues ella montaba poco y pensaba que no podría seguir su ritmo, pero rápidamente se dio cuenta de que su miedo era infundado, pues el grupo cuidaba muy mucho de dejar atrás a sus más débiles integrantes, y de vez en cuando paraban, hablaban, se reían con pequeñas anécdotas ocurridas durante el trayecto, con lo cual los viajes se hacían agradables y relajados. M. poco a poco fue cogiendo confianza y empezó a percibir otra forma de moverse por el mundo, y otra forma de conocer gente nueva además de las que ya conocía.
Ahora que ya ha pasado mucho tiempo de esto, sentado en el tren, pienso en los pequeños cambios que pueden tener lugar en la vida de las personas y que la llevan a acercarse a una percepción desconocida en su vida.
Ahora M., - quien me lo iba a decir - no se mueve por su pequeña ciudad sin su bicicleta y recorre países lejanos e incluso comparte sus pedaleos con su pareja, también amante de los horizontes abiertos y de los cielos estrellados del desierto.
Poco a poco desde el interior del tren, el bosque de encinas y alcornoques deja paso a las grandes extensiones abiertas, poco más allá la ciudad, atrás queda la bicicleta gris, atrás queda el pasado.
Allí estaba otra vez, llevaba cuatro días seguidos viéndola aparcada cerca de la estación, como los días anteriores. Me dirigía como todos los días por esas horas, camino de la rutina, camino del trabajo.
La reconocí de inmediato: gris, con los pulpos verdes en el transportin trasero y las anillas de los pantalones enganchadas en los cables del freno.
Me resultaba raro verla sin su dueña, la última vez que las vi juntas,- a ella y a la dueña- con las alforjas cargadas fue en un viaje por tierras de Extremadura, hacia ya dos años de ello.
A medida que iba andando camino del tren, los recuerdos se me iban agolpando en mi memoria. Y ellos me llevaban a aquel día en el que un amigo nos presento.
Por entonces M., que así se llamaba la dueña de la bicicleta gris, cogía la bici para ir al trabajo pero no con mucha continuidad y quería empezar a viajar y conocer las tierras de su país a lomos de su bicicleta. Nuestro común amigo y yo, la pusimos en contacto con un pequeño grupo de personas que se dedicaban, en su tiempo libre, a viajar en bicicleta. En principio M. tenía algo de miedo por no estar a la altura del grupo, pues ella montaba poco y pensaba que no podría seguir su ritmo, pero rápidamente se dio cuenta de que su miedo era infundado, pues el grupo cuidaba muy mucho de dejar atrás a sus más débiles integrantes, y de vez en cuando paraban, hablaban, se reían con pequeñas anécdotas ocurridas durante el trayecto, con lo cual los viajes se hacían agradables y relajados. M. poco a poco fue cogiendo confianza y empezó a percibir otra forma de moverse por el mundo, y otra forma de conocer gente nueva además de las que ya conocía.
Ahora que ya ha pasado mucho tiempo de esto, sentado en el tren, pienso en los pequeños cambios que pueden tener lugar en la vida de las personas y que la llevan a acercarse a una percepción desconocida en su vida.
Ahora M., - quien me lo iba a decir - no se mueve por su pequeña ciudad sin su bicicleta y recorre países lejanos e incluso comparte sus pedaleos con su pareja, también amante de los horizontes abiertos y de los cielos estrellados del desierto.
Poco a poco desde el interior del tren, el bosque de encinas y alcornoques deja paso a las grandes extensiones abiertas, poco más allá la ciudad, atrás queda la bicicleta gris, atrás queda el pasado.
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