viernes, 30 de octubre de 2020

Relato

 Aquellos lejanos días



Apenas había recorrido unas cuantas calles desde que salió de casa, para despejarse un poco y airear las piernas, aunque ahora, en estos días, tuviera que llevar la mascarilla, cuando al doblar la esquina de la calle se topó, por casualidad, con una estampa que le trajo gratos recuerdos de lejanos días. En la acera, al lado de las barandillas que delimitaban la calzada con la acera, se encontraba una chica intentando candar la bicicleta al enrejado de la barandilla, había dejado una carpeta grande apoyada en la barandilla y una pequeña bolsa, que bien podía ser las que se usan para llevar delante de la bici, en el manillar, ∫como así era cuando lo comprobó más de cerca. 

Al terminar de candar la bicicleta recogió la carpeta, la bolsa y se dirigió, supuso, por la dirección que tomaba, a la Escuela de Artes y Oficios que se encontraba en la calle cercana, pues, en esa misma Escuela estuvo asistiendo a clase, él también, hacía casi ya treinta años.

Se sentó en un banco cercano a la bicicleta y, lentamente, sus recuerdos se fueron a aquellos días, cuando por las mañanas, muy temprano salía en bicicleta, desde la zona conocida como Dehesa de la Villa, bajaba sorteando el trafico y, a los apestosos autobuses, por una de las arterias principales de la ciudad para llegar a clase, casi en el centro de la ciudad. Llegaba enfrente de la calle donde se encontraba la Escuela y, como por un acto reflejo abría la herradura de los frenos, aflojaba el cierre rápido del buje y sacaba la rueda delantera de la horquilla, la colocaba paralela a la rueda trasera, dejaba caer la horquilla al suelo y candaba todo el conjunto: cuadro, ruedas y barandilla, todo formando un pack seguro y uniforme.

Para su sorpresa, ahora que lo piensa, nunca, se encontró ninguna sorpresa desagradable, es más, siempre dejaba la bomba de inflar, - que era de aquellas metálicas que van ancladas al tubo de la bicicleta-, y siempre estaba ahí, nadie se la llevo. 

Aquellos años, la ciudad bullía de creatividad, libertad e imaginación y, sus gentes, un gran porcentaje jóvenes, hacían de ella su escenario de andanzas, juegos y despertares. Él, por aquellos años trabaja ya, por las tardes, en la empresa de autobuses urbanos de la ciudad y dadas sus múltiples inquietudes y motivaciones se había propuesto seguir estudiando, esta vez algo con que contrarrestar ese mundo técnico y tecnológico y rutinario con el que estaba más habituado y que era parte de su día a día.

La Escuela era un espejo de ese momento, de esa ciudad llena de vitalidad y energía.

Jóvenes con sueños, ilusiones, inquietudes creativas llenaban las aulas, los pasillos y las escaleras, siempre había corrillos en los que se debatía tal y cual idea, cómo llevarla a cabo, cómo enfrentarse a un problema técnico en la clase de modelado; la calma y el silencio que imperaba en la clase de dibujo artístico, con la modelo o, el modelo imperturbable posando para los estudiantes; las múltiples respuestas a un problema planteado por la profesora de historia del arte, a cual más luminosa, cual tormenta de ideas en una agencia de publicidad.

Y, mientras todo eso sucedía, en la calle, la bicicleta gris contemplaba impertérrita, el trasiego de personas, de tráfico que era lo habitual en esa importante vía de la ciudad, donde la vida se dejaba ver en sus más insignificantes detalles, aquel vecino que bajaba a dar un paseo con el perro, aquellos comerciales de aquí para allí, con las carretillas llenas de mercancías, aquellos jubilados mirando expectantes como los operarios del ayuntamiento colocaban una nueva parada de autobús, como si les fuera la vida en ello, que a poco más, son ellos, los jubilados, los que les dan indicaciones de cómo y dónde tienen que taladrar la acera, el frutero colocando la fruta cual cuadro impresionista con sus vistosos colores, así iba pasando la mañana y las mañanas sucesivas.

Aquella vida del día a día que vista ahora, en estos oscuros días de pandemia, cuando todo a cambiado tanto y el horizonte se presagia frio y oscuro, aquellos años, aquellos días, se tornan como algo onírico, envueltos en un halo de nostalgia, de un pasado que, ya jamas volverá.

El paseante miró su reloj y se dio cuenta que había estado casi una hora sentado, delante de aquella bici azul, aunque a lo mejor y él no lo sabía en ese momento, había estado un tiempo atemporal donde se había introducido en una imaginaria maquina del tiempo y había estado años delante de aquella bici, casi tantos como habían pasado desde aquellos lejanos días.

Se levanto despacio y lentamente se alejo de la bicicleta, del banco y quizá de aquellos días recordados.


jueves, 15 de octubre de 2020

 



En un instante


En la tetera reposaba el té verde “Sencha Makoto”, la taza, ya preparada con una pequeña cucharada de miel de brezo, y la bandeja con las pasas, las nueces y el pequeño plato con aceite de oliva y algunas rebanadas de pan ya estaba en la mesa.

La luz iluminaba la estancia, el pequeño “sunroom” orientado al este, a primera hora de la mañana ya presentaba una atmósfera cálida y agradable, ideal para empezar el día en armonía.

Después de desayunar, Mark, abrió, como hacía siempre, el correo para ponerse al día con el trabajo y con las noticias que le llegaban de amistades y familia.

En la bandeja de entrada aparecían varios correos de la empresa, algunos de la familia lejana, y, uno, en concreto de Sonia, compañera de aventuras ciclistas, con la que había compartido viajes, rutas y paisajes. En el correo le decía que habían, por fin, llegado después de unos cuantos días, ella y cuatro compañeros más a la costa norte del país y que estaban disfrutando de un muy buen clima.

Semanas atrás, habían salido del ambiente claustrófobico en el que se encontraba la ciudad, pues el virus que se había cernido sobre el mundo entero hacía estragos en las grandes ciudades donde Sonia y los demás compañeros de viaje vivían. 

Con ansia de salir de ese ambiente opresivo y alienante, habían planificado un viaje en bicicleta en el que recorrerían de sur a norte parte del país, disfrutando de horizontes abiertos, aire puro y esa grata sensación que todo viajero en bicicleta siente de ser ínfimos y a la vez formar parte de la naturaleza fusionandote con el entorno por donde pasas. Sonia en su correo dejaba claro que estaban exultantes, llenos de vida y energía, después de recorrer casi seiscientos kilómetros rodeados del viento, la lluvia, el sol y de silencio, de haber recorrido sólo con sus fuerzas paisajes boscosos, baldíos, áridos, pueblos fantasmas,- donde apenas vivían tres personas y ya mayores-, subiendo colinas, montañas y atravesando valles llenos de vida, en el correo dejaba claro que se habían cargado de energía positiva y que por desgracia tocaba a su fin; le adjuntaba unas cuantas fotografías de la ruta y de esos momentos en el que aparecían juntos y sonrientes todos los compañeros de viaje delante de un paisaje en el que las nubes, como volutas de humo acariciaban las laderas de las montañas que se encontraban detrás, en otra foto, se veía a uno de los viajeros casi como un punto deslizándose por una carretera que serpenteaba por un pequeño valle. Todas transmitían belleza y goze, goze de vivir el momento, el presente absoluto rodeados de naturaleza, en armonía. 


Suena el teléfono, es Teresa una compañera de trabajo, su madre a muerto, del maldito virus, de repente, en un instante, toda esa energía que le habían transmitido las imágenes tomadas por Sonia y esas placenteras sensaciones que había hecho suyas porque las había vivido mil y una veces, dejaban en Mark una sensación de rotura, de que algo en esa mañana ya no podía volver a ser como unos pocos minutos antes era. En unos instantes, en unos pocos minutos, la vida y la muerte se habían unido como en un juego del destino, como un cruce del espacio tiempo en el que nada ni nadie puede hacer nada para variar la trayectoria  del presente.

Mark apesadumbrado por la noticia le acompaño en el sentimiento, palabras estas que no podían tener mayor sentido en ese instante preciso y concreto.

Al colgar le vino inmediatamente a la cabeza aquella frase de aquel poeta latino:

“Carpe diem quema mínimum crédula portero memento morí” (algo así como: aprovecha el día, no confíes en el mañana, recuerda que morirás)”.




viernes, 4 de septiembre de 2020

Relato

 

Detrás de una paella




En la paella solo quedaban los restos del homenaje que se habían dado: cabezas de langostinos, conchas de mejillones, algunas conchas de almejas, limones exprimidos, trozos de pan, y los cubiertos y vasos de plástico que les habían puesto en la tienda, junto con las botellas de vino, ya vacías.

El tren Regional Express, se encontraba ya camino de Burgos, habían pasado la localidad de Pancorbo y Briviesca, los viajeros en bicicleta se subieron en Miranda de Ebro, localidad donde el organizador creyó conveniente terminar una ruta que había pensado desde el invierno anterior.

Sabiendo que en Miranda de Ebro existía una tienda de comida para llevar, se le había ocurrido que, que mejor desenlace de la ruta, que encargar un arroz, unas cuantas barras de pan, vino y comerlo en el tren, una vez que todo, bicis y personas ya estuvieran instalados, y así fue.

Una vez colocadas las bicicletas y después de que pasará el interventor del tren pidiendo los billetes y el permiso de las bicicletas se instalaron en el suelo del vagón,- hay que decir que aquellos trenes regionales de entonces, disponían de un espacio diáfano donde poder colocar holgadamente seis bicicletas, sin molestar a nada, ni a nadie- donde colocaron la paella, todavía caliente, pero, ya reposado el arroz; que decir, cuando levantaron el trozo de papel que tapaba aquel majestuoso monumento a la gastronomía del país,¡bueno!, aquello era Arte, puro arte con mayusculas.

Se miraron todos con satisfacción y alegría, cual visión mística teresiana, aquello fue un orgasmo comunitario elevado a la séptima potencia, aquellos efluvios, aquellos aromas que emanaban del “cuadro” que tenían enfrente superaban con creces la magdalena proutsiana, pues… 

Detrás de aquella paella aparecía una mujer leyendo en un tren “El corazón de las tinieblas”, unos bailes echados en las fiestas de Polientes, un cura que explicaba los detalles en piedra de la Colegiata de San Martín de Elines, al mismo tiempo que miraba de reojo las sinuosas curvas de una mujer, detrás de aquella paella se encontraban los buitres majestuosos volando encima del cañón del río Ebro, los frescos e inteligentes diálogos en un mesón de Valdelateja, la paciencia de un compañero de ruta en arreglar una cadena eslabón por eslabón, un puntual panadero trayendo el pan recién hecho nada más salir de los sacos de dormir, detrás de aquella paella se encontraba un paseo bajo las estrellas por los montes Obarenes y el armonioso canto de un mirlo en la noche.

Detrás de cada bocado de arroz, se encontraba el lento transcurrir del tiempo, deslizándose sobre unas bicicletas, detrás de esos, casi, lujuriosos fluidos que salían de las cabezas de los langostinos empapando las manos, se encontraba aquella fresca sensación de las aguas del río deslizándose por la piel al amanecer, detrás de cada sorbo de vino se encontraban las risas y las buenas luces de aquellos rostros henchidos y llenos de la belleza del desfiladero del Ebro, a su paso por Santa Maria de Elines y Orbaneja del Castillo, detrás de esos pringues de trozos de pan en el fondo de la paella, se encontraban aquellos buenos diálogos casi socráticos donde se arreglaba el mundo y por ende la vida; entre risas, chascarrillos y algunas alabanzas al manjar del que estaban dando buena cuenta, fueron vaciando la paella y las botellas y llenando casi al mismo tiempo sus miradas de brillos, luces y buenas sensaciones.

Detrás de aquella paella se encontraba aquel tiempo vivido en armonía, con un ritmo pausado, tranquilo, sin prisas; un tiempo que fluía por si solo, sin agobios por nada ni por nadie, donde la luz acariciaba las hojas del bosque peinándolas de este a oeste, dejando que las sombras se deslizaran junto a aquellos viajeros en bicicleta como si fueran un único ser.

Detrás de aquella paella se encontraba un tiempo pasado, donde alguien, un día de invierno imaginó, sobre un mapa del norte de Burgos, un recorrido, donde deslizar unas cuantas bicicletas y llegar a imaginar rostros, miradas y sonrisas llenas de belleza.

Detrás de aquella paella se encontraba, sin saberlo o, sabiéndolo, la vida.




A todas aquellas personas que hicieron de la ruta: Merindades III, algo sublime.






viernes, 14 de agosto de 2020

A una mujer con bicicleta


A una mujer con bicicleta





















Ha pasado mucho tiempo desde que esta imagen fuera captada, por un fotógrafo o, una fotógrafa, no lo sabemos. Lo que si podemos decir, porque tenemos datos contrastados, es que se tomó en los primeros años de la década de los 50, del siglo XX, en una España que todavía arrastraba los rigores y las pesadumbres de la guerra civil y lo que le quedaría.

En ella, aparece una mujer joven, con una antigua bicicleta - de aquellas llamadas de señora, por la configuración del cuadro - con frenos de varilla, piñón fijo y sillín de cuero, con muelles; la mujer joven sonríe al fotógrafo o fotógrafa , con una sonrisa luminosa, con esa alegría de quien se encuentra disfrutando del momento que esta viviendo, en un día, supuestamente, de verano - por el vestido que lleva, estando en el sitio que está, más bien fresquito - enfrente de la cueva de Covadonga, donde nace el río Deva, sitio mágico donde los haya ; ignoramos si con esas prendas y con esa bicicleta llego hasta allí por sus propios medios, desde la localidad de Cangas de Onis; en principio, es una excursión que por distancia se puede realizar tranquilamente, y más en aquellos años, en que las carreteras estaban ciertamente vacías de tráfico y de coches, pero también eran estrechas y mal asfaltadas, el caso es que esta con la bici, todo un mensaje de independencia, libertad y autonomía, como así, realmente, era la joven.

Esa mujer joven de la fotografía había nacido en tiempos de la República, allá por el año 1933, y a los escasamente cuatro años salió con sus padres y hermanos de España, atravesando los Pirineos por Cataluña, más en concreto, por la localidad de Camprodón para huir de la guerra.

Acogidos, en aquellos penosos y terribles años por un familiar francés, estuvieron viviendo en el sudeste de Francia hasta que en España termino la guerra, pero empezaba en Europa una de las épocas más sangrientas de cuantas haya vivido el viejo continente y, en España, la devastación y el hambre de la posguerra formaban parte del triste y desolador paisaje que se instauro en un país asolado, en ruinas, diezmado hasta el tuétano por la guerra.

Esa mujer joven, siendo una cría empezó a ir a una escuela en la calle Bailen, cercana a Las Vistillas, escuela que todavía, por cierto, sigue existiendo, y a pocos metros de la casa familiar, en la calle de Segovia, donde subiendo y bajando, bajando y subiendo la Costanilla de los ciegos y teniendo por paisaje el viaducto,- por donde pasaban carromatos y destartalados camiones trayendo a la capital parte de los escasos alimentos que alimentaban a la población- , el río Manzanares, la casa de campo en el horizonte y, el Palacio Real se fue desarrollando su incipiente vida. 

Así, fueron pasando los años, y, aquella España poco a poco y con cierta “ayuda extranjera” fue saliendo del terrible pozo de oscuridad en el que la posguerra en la década de los años 40 la había sumergido.

Y, de nuevo, encontramos a esa mujer joven, ya adolescente, intentando abrirse camino en su vida, y en la vida, empezando a trabajar en un taller de costura regentado por una emprendedora francesa que se había instalado en el Madrid de aquella época y con ello aportando con su humilde salario y con los de sus hermanos, cierta tranquilidad económica en casa de sus padres; allí, todo el mundo aportaba.   

Aquel verano del cincuenta y tantos, ya con aproximadamente veinte y pocos años, esa mujer joven, sus padres y sus hermanos se fueron a pasar el verano con unos familiares a Ribadesella, Asturias, donde hicieron mil y una actividades de las que se podían realizar en aquellos tiempos, desde vivir las fiestas del descenso del Sella hasta visitar la basílica de Covadonga, -donde esta realizada la fotografía-, desde cuidar las vacas, ordeñarlas y recoger la hierba, hasta acabar escanciando sidra en un puesto de la feria, allí en Ribadesella, a todo aquel que pasase por allí.

Esa mujer joven, que no era la media naranja, de nada, ni de nadie, como algunos/as cretinos/as, necios o necias ignorantes tratan de reafirmar, con un concepto de tradición judeocristiana a las relaciones entre personas, desde tiempos de costillas y de adanes, con estrechez de miras mentales; ella era un mundo en si misma,- como todos y todas, por cierto somos-, un mundo, cierto, con sus zonas áridas, fértiles, inexploradas o ignotas, con paisajes hermosos y a veces baldíos, un mundo henchido de vida, como aquel otro mundo que encontró y del que estuvo enamorada hasta el fin de su vida.

Aquí, en esta foto quiero pensar que se encontraba feliz, dichosa, por la vida y por el momento concreto que estaba viviendo, más allá del entorno social, económico, político que la rodeaba y,… con una bicicleta,… que mejor mensaje de independencia, autonomía, igualdad y libertad.




A mi madre y a todas aquellas mujeres libres, independientes de manipulaciones y con criterio propio y, a aquellas generadoras de “mundos”. Gracias.


miércoles, 1 de julio de 2020

Relato

¿Quien será…?

















Sería una mañana de primavera de principios de los 80, en Madrid, cuando capte esta instantánea de un ciclista pedaleando tranquilo por el parque del Retiro. 
A primera vista, no parece un ciclista al uso, de los de maillot, zapatos con calas y casco, sino una persona normal y corriente vestido de calle y sin guantes ni casco, más bien con una estética elegante y funcional.
Al recuperar esta imagen de entre las muchas diapositivas que guardo en álbumes perdidos en las estanterías, me ha venido a la cabeza un relato que leí hace pocos días de un viejo amigo de batallas ciclourbanas, en el que trataba de poner el énfasis en la influencia que tiene en la personalidad de cada uno, los mil y un acontecimientos que se desarrollan en el curso de nuestra vida; como si de un árbol se tratara nuestras ramas y raíces van creciendo, desarrollándose buscando o encontrando el alimento que nos ayude a crecer y desarrollarnos como seres, no sabemos que nos encontraremos, por dónde conseguiremos la luz que nos permita alargar nuestras ramas o dónde estará el sustrato que nos hará desarrollar más nuestras raíces; en nuestro camino, iremos encontrando personas que nos influirán y nos harán crecer, sin pensar extenderemos nuestras ramas donde el azar y la casualidad nos lleve; cada paso que demos nos llevará a otra y así sucesivamente.
El azar nos trajo a este mundo, si lo pensamos bien y el mismo azar nos trae a personas, situaciones y realidades, algunas nos conducen por caminos luminosos, otras no llevan por sendas oscuras y sombrías de las cuales, todas, conviene aprender, unas ramas se secaran con el paso del tiempo, pero otras crecerán y se desarrollaran plenas y vivas.  
No sé porqué, al ver esta fotografía ahora, pienso en el camino vital de esta persona que va en bicicleta, qué le llevo a realizar la actividad que estaba haciendo, con esa imagen, estética y no otra, por dónde transcurriría su periplo vital años más tarde; quizá conocería en un viejo piso del centro de Madrid a otras personas como él, y se uniría a algunos para realizar un viaje desde el este hacia el oeste del país, donde se acaba la tierra, al finisterrae; quizá seguiría estudiando también y participando en maratones, al mismo tiempo que disfrutaba con otras personas en las fiestas de San Isidro o las Vistillas o, de todo aquel ambiente que bullía en Madrid en aquellos locos y divertidos años 80.
Quizá, le dejaría tan profunda huella aquel primer viaje, que haría muchos por su cuenta, descubriendo y descubriéndose; quizá participara y colaboraría junto con aquel grupo de personas que se reunían en aquel viejo piso del centro de Madrid para visibilizar y proyectar que otra ciudad era posible; quizá encontraría a muchas más en encuentros de todo el país que le enseñarían, le harían aprender, enriquecerse, como a su vez él haría lo mismo en todas aquellas personas que se le acercaran, como una gran red de conexiones, como la infinita red de raíces que existe en un viejo bosque cuyos árboles se han desarrollado plenos y henchidos de vida y también de perdidas.
Al ver esta vieja foto también me viene a la cabeza una, creo, interesante pregunta:
¿Existe, ahora, todavía, esa persona que sale en la foto o, por el contrario ese ser ya no existe y se ha transformado en otro ser, lleno a su vez de otros seres que le han conformado, que le han ido moldeando, como a su vez él quizá ha ido moldeando sin querer y sin saber a otras personas?, ¿se puede decir con “hiperorgullo”, que yo soy yo, o, lo que es lo mismo, existe alguien tan necio, imbecil e ignorante sin cerebro que no se haya dado cuenta que somos la suma, la resta, la división y la multiplicación de todas las infinitas cosas que nos acontecen, nos han acontecido, en nuestra mágica existencia.

¿Quién será el de la foto?.

jueves, 28 de noviembre de 2019

Fotos

Sombra de bici I

Sombra de bici II

miércoles, 30 de octubre de 2019

Relato

El Encuentro

Había quedado con Pierre a media tarde para ir a unas conferencias sobre personas que habían realizado viajes en bicicleta alrededor del mundo, la cita era en un pueblo cercano a la sierra, en el salón de actos de un instituto. Como Pierre no tenía coche me convenció para que fuéramos juntos en mi destartalado, viejo, pero práctico, “cuatrolatas”, y de paso me presentaba a otras personas relacionadas con el mundo de la bicicleta y de los viajes en bici.
Hacía tiempo que no organizaba rutas para una asociación y estaba un poco desvinculado de ciertos temas relacionados con los viajes con alforjas. Los limites impuestos por la empresa de ferrocarriles del país a la implantación de accesibilidad para las bicicletas y de espacios diáfanos en sus trenes habían hecho que mi interés por organizar rutas para muchas personas se hubiera volatilizado, hubiera desparecido, como si un tsunami hubiera arrasado mi capacidad y voluntad para hacerlo. 
Era una tarde fría y desapacible de mediados de invierno del 2013, había quedado con Pierre al lado de la estación, cercana a mi vivienda, la luz de la tarde estaba tamizada por pequeñas nubes que envolvían la pequeña ciudad en los extraradios de la gran ciudad donde vivíamos los dos. 

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Eran los años 90 del siglo pasado cuando decidí salir de la metrópoli donde nací y vivir alejado del mundanal ruido, de ese monstruo que se había convertido la ciudad, aunque he de decir que toda mi vida la pasé en un barrio-isla donde imperaban los árboles y la vegetación y el fragor y el estruendo del tráfico y las multitudes no llegaban hasta allí, el barrio conocido por su dehesa históricamente llamada dehesa de Amaniel era un oasis dentro de la ciudad. Allí empecé a valorar la Naturaleza, los árboles, la vegetación, los pequeños pájaros que en ese bosque de pinos vivían y que me rodeaba día tras día, aprendiendo y respetando el entorno y el medio ambiente. 
Me acuerdo que cuando llegué a mi nuevo hábitat, lo primero que percibí era amplitud de distancias y silencio en sus calles, ausencia de tráfico y de coches aparcados en sus calles, un aire un poco desangelado, pero, ¡claro!, viniendo de donde venía era hasta cierto punto lógica esa sensación.
Enfrascado, en mis primeros trabajos de acondicionamiento de la vivienda que había adquirido, iban pasando los días, yendo al trabajo y realizando algunos viajes en bici, descubriendo e intentando conocer el entorno y los paisajes que rodeaban la ciudad que había elegido para vivir fue pasando el tiempo; un día que regresaba de recorrer en bicicleta una zona que rodeaba un soto privado, mis ojos se clavaron literalmente en otros ojos, estos de un azul eléctrico, casi tan eléctrico como la corriente que me entro al instante. ¡¡Uff!!, pensé para mis adentros, que belleza de paisaje. La chica vestía para colmo de casualidades un vaporoso vestido azul y se encontraba como esperando a alguien.
Pasó tiempo de esta escena y habiéndome olvidado casi por completo de esos preciosos paisajes que había visto en esos ojos azules, una mañana, de las que salía a entrenar por un secarral al que llamaban en aquellos tiempos parque central dio la casualidad que me volví a topar con la chica de los ojos azules, pero esta vez iba andando con un perro negro a su lado, tranquila y relajada, escondida bajo unas grandes gafas de sol que impedían apreciar aquellos bellos paisajes. Fugaz visión que tardó en volver tiempo después, pero esta vez cuando me encontraba sentado y recostado a la sombra de una encina; había comprado el periódico como solía hacer cada domingo, cuando levanté la vista del papel y observé que a lo lejos venía como flotando una chica, con una diadema en el pelo, con un correr grácil, etéreo, sin esfuerzo aparente, me fijé cuando estaba más cerca y pudo comprobar que era ella, la de los bellos y azules paisajes en sus ojos,… y así, despacio, lentamente, con un trote atlético de otro mundo, desapareció.   

  • - - - - - - 

Llegamos con tiempo, aparqué el cuatrolatas y nos acercamos a la entrada del Instituto, allí Pierre empezó a saludar a algunas personas que se encontraban en la entrada y, yo, por casualidad reconocí a un viejo amigo de los tiempos heroicos del movimiento ciclista de los años 80, llamado Javier, nos saludamos con afectuosidad y hablamos de los viejos tiempos mientras iban llegando poco a poco las personas que iban a estar presentes en el acto de presentación de la conferencia; saludando y abrazando fue pasando el tiempo hasta que de pronto al ir a saludar a otro antiguo colega de batallas biciclistas, mis ojos, de nuevo, después de tantos años, se clavaron en unos ojos azules, aquellos mismos paisajes azules de aquella chica, ya no tan joven, que había visto en aquella esquina.

Lo que sucedió tiempo después …

martes, 3 de septiembre de 2019

Relato veraniego

El pedido

Estaba ahí, tirada, en medio del asfalto, entre el paso de peatones y el semáforo. No se movía, todo parecía presagiar lo peor; la bicicleta doblada y sin la rueda delantera, que había salido disparada unos cincuenta metros. El golpe había sido brutal, la camioneta empotrada entre las marquesinas y las farolas, la barandilla, al ras del bordillo, partida,… la escena era impactante. 
Y, pensar, que todo empezó días atrás, cuando Virginia hizo una compra online de unas botellas de licor y unas magdalenas que elaboraban en el Monasterio de Leyre, allá por Navarra; el licor lo elaboraban los monjes con hierbas del entorno y lo conocía de cuando una vez haciendo una ruta por el norte del país habían recalado en el Monasterio y comprado en su tienda productos elaborados allí. El licor unido a las magdalenas te llevaban al mismísimo cielo.
Los monjes recogían las hierbas en la sierra de Leyre y producían pequeñas cantidades de licor en su pequeña destilería cercana al Monasterio. 
De la orden de San Benito, los monjes seguían fielmente la doctrina de su fundador: “Ora et Labora”, afanándose en su día a día rezando y trabajando sin apenas tiempo para nada más.
Cuando el hermano Simón abría el correo, en el ordenador, anotaba los pedidos de los clientes y se lo comunicaba al hermano Pedro, que era el que se encargaba de colocar y empaquetar los productos en sus diferentes cajas, embalarlas y colocar la etiqueta de identificación del receptor del pedido: nombre, dirección, ciudad, etc; y colocar los paquetes en su sitio para cuando llegará la empresa de paquetería estuvieran bien colocados y listos para llevárselos. 
Al día siguiente, muy temprano, llegaba Javier, el empleado de la empresa de paquetería con su furgoneta y cargaba los paquetes llevándoselos a la central de reparto, donde desde allí se distribuirían los pedidos a cada lugar de destino; grandes trailers surcaban las grandes autovías del país cargados de productos, materiales, contenedores, llegando normalmente de noche a su lugar de descarga, grandes superficies, que, como grandes puertos, desembarcaban miles, sino millones de materiales y productos, listos para distribuirse al día siguiente muy temprano en pequeñas furgonetas de reparto. Y, entre los muchos productos, ahí estaban las botellas de licor y las magdalenas para Virginia.
…………

Isma escuchaba la música a todo trapo, preferentemente AC/DC y Metallica. Las calles de la gran ciudad siempre estaban a rebosar de tráfico, pero él sorteaba cualquier obstáculo con mil y un trucos, aprendidos en sus muchos años de repartidor, primero en moto y luego con la furgoneta. Aprovechaba las paradas en los semáforos o en los atascos para verificar la dirección de entrega del siguiente paquete y, así lo hizo esta vez, leyó el nombre y la dirección de entrega: Virginia Mendivill del Morán, Calle Hospedaje, 5; estaba cerca, a unas cuatro calles de donde se encontraba.
El semáforo se puso verde y metió la velocidad, la furgoneta empezó a moverse, el tráfico era denso, con lo que las opciones de atajar eran reducidas, para colmo habían colocado unos carriles bicis en la parte derecha de la calzada impidiendo ganar ese espacio para gente como él y, en ese momento, apareció una chica que se ponía a su derecha, un poco por delante de él. De repente y sin saber de donde, enfrente de él, en sentido contrario, apareció un coche a toda velocidad, sin tiempo de pensar dio un volantazo para esquivar el golpe y se llevó por delante a la chica de la bicicleta subiéndose a la acera e impactando con la barandilla, con las marquesinas y farolas que había. 
Llegaron rápidamente las ambulancias y los policías municipales, los transeúntes se arremolinaban para ver qué había sucedido; la chica se movía levemente, dando señales de que por lo menos estaba viva; los médicos verificaron su estado tomándola las pulsaciones y observando las pupilas, posibles golpes, fracturas, etc. Los policías recogían todos las informaciones posibles del siniestro, naturalmente el conductor del coche que se había saltado el semáforo, cuando ya estaba en rojo, se le detuvo en el acto. 
Isma había sufrido un ligero golpe en la mano, pero, nada de que preocuparse, cuando, de repente, al escuchar a la chica de la bicicleta que les decía el nombre y apellidos a los médicos, le vino a la cabeza el siguiente reparto que tenía que entregar, porque no se sabe si fue el destino, el azar o qué, el caso es que el destinatario del próximo paquete de entrega, era ella, la chica de la bicicleta: Virginia Mendivill del Morán.
…………

¿Qué fue lo que llevo a coincidir a Virginia y a Isma en el semáforo, en ese momento?, ¿ fueron los cinco minutos que tardo Virginia en salir de su casa por atender una llamada de su amiga Iris?, ¿ fue el retraso de Isma en la anterior entrega?, ¿ fue el fallo en el sistema de frenado del coche que provocó el accidente?, ¿ fue el destino, el azar,…?, ¿ fueron toda la concatenación de sucesos, de actos que llevaron a ese instante?, o, ¿ fueron el licor y las magdalenas ?,¡¡Ah, Proust !!, ¡¡ ja!!, ¡¡ja!! …

¿Creemos controlar todas nuestras acciones?,…y, sin en cambio…

martes, 27 de agosto de 2019

Relato veraniego

Esclavos de la salud

Como cada mañana, Joaquín, se encontraba leyendo el periódico en el kiosco del parque conocido como: “El Rincón de la Dehesa”; la mañana discurría tranquila, alguna persona pasaba paseando con el perro y, otras, con la cabeza hacía abajo, mirando el móvil; ¡¡un día, alguno se va a dar con alguna farola!!, ¡¡levantar la cabeza!!, pensó para sí, Joaquín,. 
-¡¡Aquí tiene el café, señor Joaquín, bien cargado como siempre!!.
-Gracias Pepe.
Desde que se jubiló, Joaquín gastaba su tiempo en sendas lecturas de la prensa, literatura varia y, alguna escapada a su pequeño pueblo, donde le quedaba algún familiar y, una casona que heredó de sus padres, que poco a poco se estaba echando a perder, pues necesitaba arreglos y Joaquín, económicamente, no andaba muy sobrado.  
En estas, que pasando las páginas del periódico, llega a las páginas centrales con unos cuantos titulares a cinco columnas y en versales, que decían así:

“Los aficionados del ciclismo cada día se parecen más a los fanáticos del futbol”
“El dopaje en el ciclismo amateur: lo que nadie cuenta”
“¿Se mide la pasión por el ciclismo en función del dinero que te has gastado en la bici, ropa, aparatos electrónicos…?”
Adictos a “los deportes”, la “droga” de moda en la clase media-alta y no tan alta.
Y Joaquín, empezó a leer los artículos, pues de joven había sido aficionado a la bicicleta y, por su pueblo iba y venía de la huerta, y así conoció a la que sería su esposa, que vivía en el pueblo de al lado, ¡¡bueno!!, no tan al lado, que cada vez que iba a verla, entre ir y venir, se hacía unos cincuenta kilómetros.
Los artículos más o menos decían lo siguiente:
“Los deportes (running, ciclismo) se han convertido en un fenómeno social durante los últimos años. Su rápida popularización se refleja en la gran cantidad de carreras populares
Los retos deportivos y la capacidad de superación personal generan numerosos beneficiosos, tanto físicos como psíquicos, pero todo en exceso es malo. ¿Dónde están los límites? ¿El deporte puede generar una perniciosa dependencia, hasta el punto de convertirse en una adicción? ¿Cuándo se atraviesa la línea entre lo saludable y lo patológico? ¿Cuáles son los síntomas y qué consecuencias acarrea?
El 18% de las personas que practican ejercicio físico con asiduidad son adictas
Hay un porcentaje de deportistas con dependencia que viven obsesionados y llegan a padecer síndrome de abstinencia cuando no pueden realizar ejercicio, entendido como malestar, mal humor e irritación”, añade Molina.
Las características de esta adicción no difieren en demasía de cualquier otra, incluyendo el síndrome de dependencia, tolerancia y abstinencia. “La adicción al deporte tiene tres fases: una primera en la que se hace por placer; una segunda, en la que el objetivo es mejorar la belleza física, el bienestar, liberarse del estrés o relacionarse con otras personas; y una tercera en la que aparece el abuso y la necesidad de hacer deporte a toda costa, a pesar de que se sepa que puede traer consecuencias negativas”, según aclaraba la autora de la investigación.
La tercera etapa, la del ‘abuso y necesidad’, siguiendo la metodología propuesta es la única con consecuencias negativas, puesto que las otras dos son altamente beneficiosas para la salud y el bienestar mental. Las consecuencias de llegar a este peligroso punto, según explica el psicólogo especialista en tratamiento de adicciones Miguel del Nogal, se resumen en que “el deporte acaba eclipsando todas nuestras actividades, se convierte en el eje central de nuestro día a día y nos hace vivir por y para él”. De este modo, añade, “se dejan de hacer otras cosas con la familia o los amigos, y si un día no es posible hacer deporte debido a una lesión o a un compromiso importante, el sentimiento de malestar se apodera de uno”.
Puede acabar eclipsando todas nuestras actividades con la familia o los amigos y convertirse en el eje central de nuestro día a día
Con el tiempo, suele suceder que “el círculo de amistades comienza a estrecharse únicamente entre las personas que comparten la misma afición por el deporte, mientras que las metas son cada vez más altas, convirtiéndose en una obsesión que puede ir acompañada de mucho sufrimiento físico y psíquico”, añade del Nogal. 
En lo que respecta al componente ambiental tiene mucho que ver el factor de la moda, por un lado, y la buena imagen social que tiene, por otro. “La sociedad nos marca y correr o, montar en bici está de moda, pero al mismo tiempo tiene un componente positivo, pues está muy bien visto ser deportista y ser competitivo, y ambas cosas van de la mano”, dice Del Nogal. Una imagen que, como ocurre con la adicción al trabajo, que también es una conducta que goza de buena prensa, implica el riesgo de que no se interprete como una problemática, a pesar de que la reflejen diferentes síntomas.
Por estas características, no es de extrañar que en el actual contexto de depresión socioeconómica los desempleados llenen los gimnasios o las carreras pedestres o las carreteras de la sierra, los sábados. Es un fenómeno curioso, reconoce el psicólogo experto en adicciones, pero “aunque no se llegue a fin de mes, invierto parte de mis ingresos en hacer deporte, porque así me siento bien, pues de lo contrario la situación sería todavía menos soportable”.
Otra de las cuestiones asociadas a este fenómeno, que cada vez se debate más en los congresos, según añade el psicólogo, es que los deportes de resistencia en general, son adicciones que sustituyen a otras adicciones. “Cada vez nos encontramos a más pacientes en consulta que se vienen a tratar de drogodependencias, fomentas que realicen ejercicio, superan su problema y acaban teniendo una cierta dependencia hacia el deporte. Es cierto que son personas más predispuestas a las adicciones, pero ahora el debate entre los psicólogos está en sí esto es un problema adicional o no, aunque superen su drogodependencia, y si lo más ideal en estos casos es fomentar el ejercicio”.
De éste artículo Joaquín pasó a leer, por encima el siguiente texto:
“Se trata de una cuestión a la que casi todo el mundo respondería que NO. Sin embargo, seguro que también todos tenemos la impresión de que el ciclismo se ha vuelto algo «snob». Esto ya ocurrió en su día con el boom del running. Es muy habitual ver por las carreteras, al menos en España, bicis que superan con facilidad los 3.000 €. No hablemos ya del precio de potenciómetros, ruedas de carbono de perfil, zapatillas. El ciclismo está claro que es un deporte que, o se ama, o se odia, no hay término medio. Cuando se ama se hace con locura pero…¿realmente  es necesario llevar un Trek Madone de 8000€ para sentir pasión por este deporte? Podemos pensar que cada uno con su dinero hace lo que quiere. Es cierto. El dinero cada uno se lo gasta como cree conveniente…
Así, leía Joaquín, mientras por su cabeza le venían imágenes de aquella juventud, ya perdida, con aquella vieja bicicleta negra, que pesaba como un muerto, rodando por esos caminos polvorientos, pero disfrutando del viento y del sol, en un tiempo ya casi olvidado con Teresa al lado, riendo y sintiendo la vida,… aquella vida. 
De repente, unos ruidos hicieron volver a Joaquín al presente, eran cuatro personas jóvenes con bicicletas sencillas, por lo que pudo apreciar, y alforjas, algunas ya desgastadas y con remiendos, una de ellas llevaba una caja de mimbre en el transportín trasero, que se sentaron en la mesa de al lado, pidieron sendos pinchos de tortilla y jarras de cervezas,…y Joaquín pensó para sí: “estos no tienen el problema que plantea el periódico, estos sí que saben vivir epicúreamente, como diría aquel. 














lunes, 19 de agosto de 2019

Relato veraniego

Cansancio

Aquel mundo que dibujaban las páginas del libro que tenía entre las manos, le asustaba; percibía, sentía que al autor no le faltaba algo de razón, no andaba desencaminado, pero,… “un mundo que se asfixiaba en medio de las cosas, un mundo que se llenaba de cosas, de mercancías de una duración y validez cada vez más breves y que no eran realmente necesarias, ese mundo que parecía unos grandes almacenes transparentes, en los que se nos vigila todo el tiempo y somos manejados, manipulados como si fuéramos clientes transparentes, y que no se diferencia esencialmente de un manicomio. 
Hoy las cosas solo obtenían valor si eran expuestas, si acaparaban la atención, Hoy nos exponíamos en Facebook, Instagram convirtiéndonos en pura y simple mercancía.
Parece que lo tuviéramos todo a un golpe de ratón, pero nos faltaba lo esencial,… este mundo de mercancías no era apropiado para ser habitado. 
Hoy el capital lo sometía todo, hasta a las personas, que se convertían en propia mercancía con valor de mercado. El hipercapitalismo actual disolvía por completo la existencia humana en una red de relaciones comerciales. 
Todo lo fagocitaba ese sistema que nos habíamos creado… y, ¡¡pensar que Adam Smith pensaba que la economía no estaba reñida con la ecología!!… 
El mundo había perdido la voz y el habla; es más, había perdido el sonido”. 
El ruido de la comunicación había sofocado el silencio, ese silencio que le era tan preciado y tan amado, que solo lo encontraba cada vez que cogía su bicicleta y pedaleaba por esos silenciosos y solitarios caminos, dejándose a cada instante, a cada pedalada sombras de su ser.
Un mundo, en el que imperaba, pensando para sí, no solo el ruido acústico, sino también el ruido emocional, ideológico, visual; cada vez que salía con su bicicleta por las calles de su ciudad acababa cansado, no un cansancio muscular, ni físico, era otra cosa, era un cansancio interior, profundo…que no sabía qué lo producía”. 

Se encontraba sentado en el asiento del tren que le correspondía y, enfrascado en los pensamientos que planteaba el filósofo Byung-Chul Han, en su último libro; en todas estas reflexiones se encontraba, cuando de repente el tren empezó a moverse, despacio, lentamente, hasta coger cierta velocidad. Salían de la estación principal y atrás iban quedando los altos edificios de viviendas, para dejar paso, primero, a pequeñas extensiones de campo, salpicadas con largas naves industriales y seguidamente, a no ver ninguna arquitectura, sólo campo, infinitas extensiones de campo, colinas y, a lo lejos, en el horizonte, las estribaciones de una cadena montañosa.    
Había cogido unos cuantos días libres en el trabajo y pensaba hacer un recorrido en bicicleta, por una pequeña zona del norte del país. 

………………


Se encontraba cansado, pero no con ese cansancio, con ese agotamiento de la ciudad, era diferente, distinto, era una sensación de fatiga, pero al mismo tiempo de plenitud que no podía explicar, el puerto había sido largo y en algunos tramos con rampas muy duras, pero pedaleando a ritmo fue subiendo, despacio, hasta que llego adonde se encontraban las nubes que le impedían ver más allá de treinta metros delante de él, ahí, se sumergió en un mundo etéreo, vaporoso, hasta llegar al collado y vislumbrar, entre la niebla que le rodeaba, que en la otra cara del puerto, la luz, se habría paso entre las nubes dejando apreciar la silueta de la montaña, como si estuviera dentro de una inmensa acuarela. Se puso ropa de abrigo y empezó a deslizarse camino del valle, poco a poco la luz se hacía más patente, atrás dejaba las sombras grises de las nubes que se pegaban a la falda de la montaña, en su cara norte, para internarse en un paisaje que se iba abriendo de un tono cálido y luminoso; las curvas y la estrecha carretera le hacían concentrarse en el aquí y el ahora más absoluto, hasta romper ese filtro de luz y llegar a un pequeño páramo, donde ya el sol le golpeaba con sus fuertes rayos; paro la bicicleta y sintió una paz que nunca antes había sentido, una calma y quietud indescriptible, no tenía palabras para explicar ese momento, a su derecha se abría un pequeño valle, con una sucesión de pequeñas colinas, que se internaban sinuosamente camino de las cumbres nevadas que tenía frente a él. Parecía una imagen irreal, pero no, era de lo más real,… entre los pequeños retazos de nubes que la montaña dejaba pasar por sus cumbres, en la atmósfera cálida de ese lugar y en el silencio que le rodeaba se sentía pleno y vivo, cansado, pero plenamente vivo. 

viernes, 9 de agosto de 2019

Relato veraniego

A la compra en bici

¡Te dejo la lista de la compra en la mesa!, ¡no te olvides!, escuche entre sueños,- me dijo Sonia-, antes de besarme y dejar ese aroma tan suyo, impregnando el espacio de una frescura y vitalidad único. Cerró la puerta y me quedé medio despierto, medio dormido, en esa duermevela entre la realidad y el mundo de los sueños; al rato, cuando los rayos del sol entraban por las cortinas, me espabilé, me di una rápida ducha y desayuné, con la tranquila compañía de Athos, nuestro aristocrático gato.
Por la terraza, iluminada ya por un fuerte sol, se dejaban ver unos cuantos gorriones revoloteando, cerca del comedero que Sonia les había hecho y que alguno ya daba cuenta de las migas y galletas que ella les había dejado dentro.
La lista de la compra estaba efectivamente encima de la mesa del salón, regué las plantas y cogí la bicicleta plegable, con la bolsa para cargar la compra.
Bajé al portal, desplegué la bici, como siempre, con un movimiento ya automatizado desplegando el pedal izquierdo, subiendo la tija del sillín hacía arriba y colocándola a mi altura, cerrando el cierre y levantar el manillar y fijarlo con su bisagra en su posición, seguidamente, levantándola del sillín, la rueda trasera se colocaba en su posición con una basculación sumamente ingeniosa, al mismo tiempo girar el tubo que unía la rueda delantera y parte del tubo principal y cerrar la bisagra, y, listo para empezar a pedalear, camino del mercado.
Por las calles, el tráfico ya estaba en su máximo apogeo y, sorteando a mil y un palurdos y palurdas -porque la estupidez no esta reñida con el género sexual-, que se desplazaban en sus chatarras medio oxidadas y bufando mierda por sus tubos de escape, conseguí llegar al mercado. Algunos tenderos ya me conocían, pero, aún había alguno que me preguntaba por la bici, que cuanto me había costado, que qué marca era, etc; otras personas, la mayoría, se quedaban mirándome como un bicho raro, cuando la plegaba  a la entrada y la convertía en un carrito con cesta. 
Era un gustazo pasear por el mercado por la mañana temprano, cuando todavía el tumulto de la gente no saturaba los pasillos y, los puestos ofrecían un género amplio, rico y variado. Caminaba despacio, empujando la bici, observando la perfecta colocación de la fruta, en el puesto de Pedro, con ese colorido y formas que hacían fijarse en él, sin casi querer y, verlo, casi, como una instalación artística, en un museo de arte contemporáneo cualquiera; y esos olores al pasar por la pescadería de Tomas y MariCarmen, que con su sonrisa atraía al personal; atunes, merluzas, pescadillas, salmones y mariscos varios, hacían de este puesto, un lugar especial del mercado y te llevaban con los sentidos a costas y playas lejanas. 
Paseaba, percibiendo aromas, olores, colores, formas,… venir al mercado, era un autentico viaje por los sentidos, sin perezas de sacar tickets, ni colas de espera en aeropuertos, ni atascos en carreteras, todo al alcance de la vista, del olfato, del tacto y del gusto, porque de vez en cuando entre picoteos de quesos, algo de charcutería y probar panes de diferentes masas, salía del mercado casi comido.
Así transcurría la mañana y la bolsa de la bici se iba llenado, de verduras, legumbres, frutas, pescados, quesos y panes.
Despidiéndome de Juan, el vigilante que se apostaba en la entrada del mercado, desplegué mi Brompton, coloqué la pesada y cargada cesta y salí de nuevo al caos, a la anarquía de las calles, de esas calles invadidas por cuerpos metálicos, siniestros y arrogantes, invadidas por entes inanimados, que envenenan el aire y, a su vez, el espíritu de las personas que andan por sus aceras, creando una atmósfera enrarecida de violencia, agresividad y ansiedad; yo, intentaba ir por calles tranquilas y de un único sentido aunque siempre, siempre, a derecha o, a izquierda, había coches aparcados que te hacían sentir el espacio como acotado, como limitado por barreras de metal, de chapa, cuando las únicas barreras que tendría que haber, si acaso,- porque en realidad no tendría que haber separaciones físicas, todo al mismo nivel, nada de bordillos, ni bolardos, ni desniveles -serian la de las plantas, los árboles y los paseantes por las aceras.
Al poco rato, llegué a casa, cerré la puerta, y solté el anclaje de la bolsa de la compra y la deposité en la mesa, cogí la bici  y la plegué, dejándola a la izquierda de la puerta de entrada, coloqué la compra y al poco tiempo aparecía nuestro aristocrático gato Athos, ronroneando, exigiendo algo de comida.