domingo, 24 de febrero de 2013
jueves, 21 de febrero de 2013
jueves, 10 de enero de 2013
sábado, 29 de diciembre de 2012
viernes, 28 de diciembre de 2012
jueves, 27 de diciembre de 2012
miércoles, 26 de diciembre de 2012
martes, 25 de diciembre de 2012
martes, 30 de octubre de 2012
miércoles, 17 de octubre de 2012
martes, 16 de octubre de 2012
lunes, 15 de octubre de 2012
viernes, 12 de octubre de 2012
miércoles, 10 de octubre de 2012
miércoles, 26 de septiembre de 2012
domingo, 23 de septiembre de 2012
domingo, 9 de septiembre de 2012
martes, 21 de agosto de 2012
domingo, 19 de agosto de 2012
textos
En el silencio del bosque
Respiro. En el aire húmedo, mi aliento surge como veladuras etéreas.
Camino, dejándome llevar por la senda apenas esbozada, a mi alrededor helechos y troncos salpicados de musgo, más arriba, las frondosas copas de los viejos árboles cubren y tamizan los rayos de luz. Mis pasos se sumergen en ecos de un pasado ya olvidado, en un mundo lleno de ruidos y sonidos ya lejanos en el tiempo, el viento del bosque me trae voces, aquellas voces que un día escuche. Aquí y ahora, me siento protegido entre los árboles, entre estos majestuosos seres del tiempo y de la luz.
Mis compañeros de viaje duermen en las tiendas, llegamos ayer con nuestras bicicletas al caer la tarde, cuando todos los pájaros salieron a nuestro encuentro para saludarnos con sus infinitos cantos, fue en ese momento cuando el bosque se lleno de música, de un autentico concierto de la Naturaleza, de una armonía y belleza difícil de igualar, pero, ahora, en éste amanecer, todo esta quieto, - salvo la luz que se desliza entrando por entre las hojas-, todo esta aguardando el despertar del día.
Sólo, el suave murmullo del arroyo lejano, quiebra el silencio del bosque. El constante y continuo fluir del agua mitiga la tensión de mi alma, que se empecina en volver recordar aquellos días llenos de tonos grises y oscuros que una vez viví.
Fue un día a comienzos del mes de marzo cuando aquello ocurrió, vidas destrozadas, luces apagadas, también ese día hubo silencio, pero un silencio lleno de muerte y destrucción, un silencio que presagiaba un amanecer diferente, no de luz, sino de oscuridad y tristeza. El cielo dejo caer lagrimas de tristeza sobre las calles de Madrid aquel día y, todo parecía muerto, espantosamente muerto.
Respiro. Lentamente se iluminan las cimas de las montañas que nos rodean y la luz va ganando terreno, sobre las hojas de los árboles brillan minúsculas gotas de roció y, de repente, en el silencio del bosque, el dulce canto de un mirlo, rompe con su melodiosa música el amanecer, la mañana surge, se abre, como si fuera la primera mañana en este mundo.
Todas aquellas imágenes del pasado se borran de repente al contemplar la maravilla del renacer de la luz y de los sonidos del bosque.
....................................
Mis compañeros ya se desperezan en los sacos y les saludan los infinitos cantos de los pájaros del bosque,......................... toda la vida es ahora.
Respiro. En el aire húmedo, mi aliento surge como veladuras etéreas.
Camino, dejándome llevar por la senda apenas esbozada, a mi alrededor helechos y troncos salpicados de musgo, más arriba, las frondosas copas de los viejos árboles cubren y tamizan los rayos de luz. Mis pasos se sumergen en ecos de un pasado ya olvidado, en un mundo lleno de ruidos y sonidos ya lejanos en el tiempo, el viento del bosque me trae voces, aquellas voces que un día escuche. Aquí y ahora, me siento protegido entre los árboles, entre estos majestuosos seres del tiempo y de la luz.
Mis compañeros de viaje duermen en las tiendas, llegamos ayer con nuestras bicicletas al caer la tarde, cuando todos los pájaros salieron a nuestro encuentro para saludarnos con sus infinitos cantos, fue en ese momento cuando el bosque se lleno de música, de un autentico concierto de la Naturaleza, de una armonía y belleza difícil de igualar, pero, ahora, en éste amanecer, todo esta quieto, - salvo la luz que se desliza entrando por entre las hojas-, todo esta aguardando el despertar del día.
Sólo, el suave murmullo del arroyo lejano, quiebra el silencio del bosque. El constante y continuo fluir del agua mitiga la tensión de mi alma, que se empecina en volver recordar aquellos días llenos de tonos grises y oscuros que una vez viví.
Fue un día a comienzos del mes de marzo cuando aquello ocurrió, vidas destrozadas, luces apagadas, también ese día hubo silencio, pero un silencio lleno de muerte y destrucción, un silencio que presagiaba un amanecer diferente, no de luz, sino de oscuridad y tristeza. El cielo dejo caer lagrimas de tristeza sobre las calles de Madrid aquel día y, todo parecía muerto, espantosamente muerto.
Respiro. Lentamente se iluminan las cimas de las montañas que nos rodean y la luz va ganando terreno, sobre las hojas de los árboles brillan minúsculas gotas de roció y, de repente, en el silencio del bosque, el dulce canto de un mirlo, rompe con su melodiosa música el amanecer, la mañana surge, se abre, como si fuera la primera mañana en este mundo.
Todas aquellas imágenes del pasado se borran de repente al contemplar la maravilla del renacer de la luz y de los sonidos del bosque.
....................................
Mis compañeros ya se desperezan en los sacos y les saludan los infinitos cantos de los pájaros del bosque,......................... toda la vida es ahora.
textos
¿Qué sientes cuando vas en bici?
(Relato imaginado al cien por cien, no real, ni personal,........... cosas de la imaginación)
Algunas veces, ante ciertas preguntas te vienen a la memoria circunstancias muy concretas que te han sucedido o les han sucedido a otras personas, cosas como lo que voy a tratar de narrar sucedió, no ha mucho, en un lugar de cuyo nombre sí quiero acordarme, Madrid.
Andaba yo en bicicleta después de haberme echado entre pecho y espalda un pedazo cocido madrileño, de esos que no se los salta un gitano, con sus garbanzos, su tocino, sus huesos de caña para el caldito, su patata, su repollo, su choricito, en fin pa qué os voy a contar.
Era un tórrido día de primeros de verano, de esos de 37 grados centígrados a la sombra del tendido del 7, cuando cogí la bicicleta camino del trabajo; andaba yo jugando con los cambios para coger la pequeña subida de la calle San Bernardo, cuando sentí una pequeña agitación a la altura del ombligo, no sé como definirla, el caso es que me produjo una sensación de aviso previo a algo más importante, que no llegaba a vislumbrar, pero que deje correr, así, seguí subiendo hasta llegar a enfilar dirección Glorieta de Bilbao, en esto, que me viene como una especie de síntoma, como una pequeña sensación de “Efecto Ventouri”, propiciado, achaque, a la despampanante comida que minutos antes había saboreado, a todo esto cambiando al plato grande y a un piñón más pequeño para permitirme ir más fluido antes de llegar a Alonso Martínez y acometer la bajada a Colón.
De repente, tengo la seguridad completa que estoy como hinchado y que el continuo movimiento de rodillas, caderas e intestinos me producen una estimulación que no sé donde me va a llevar, pero, que empiezo a sospechar.
Enfilo la Calle Goya y, un semáforo se me pone rojo, justo en la transversal con Serrano, así, que como siempre suelo hacer, pongo mi pie izquierdo sobre el asfalto e inclino ligeramente la cadera, ¡¡en que hora, “madre”!!, justo cuando estoy frenando, a mi izquierda para un Mercedes, de color azul ultramar, elegante él, de una línea de esas que dicen aerodinámica, de esos descapotables con un tío requetepeinado, de esos con gomina en el pelo y trajeado impecablemente, me mira con gesto despreciativo, de esas miradas que lo dicen todo de ese tipo de individuos, y, yo, que en ese momento giro un poco la cadera y ¡¡Señor!!, ¡¡Señor!!, relaje de tal manera la zona donde la espalda pierde su buen nombre, que estalle en una amalgama de sonidos y olores, que se expandió en un radio de unos dos metros; el semáforo todavía en rojo y el ejecutivo requetepeinado, con gomina en el pelo y traje de Milán, tragándose todo, todo, todo.
El semáforo se puso en verde y yo un poquito más aliviado seguí pedaleando camino del curre, todavía con ciertas sensaciones un poquito molestas, pero, ¡¡Pardiez!! que me sentí en ese momento muy a gusto sobre mi bicicleta.
(Relato imaginado al cien por cien, no real, ni personal,........... cosas de la imaginación)
Algunas veces, ante ciertas preguntas te vienen a la memoria circunstancias muy concretas que te han sucedido o les han sucedido a otras personas, cosas como lo que voy a tratar de narrar sucedió, no ha mucho, en un lugar de cuyo nombre sí quiero acordarme, Madrid.
Andaba yo en bicicleta después de haberme echado entre pecho y espalda un pedazo cocido madrileño, de esos que no se los salta un gitano, con sus garbanzos, su tocino, sus huesos de caña para el caldito, su patata, su repollo, su choricito, en fin pa qué os voy a contar.
Era un tórrido día de primeros de verano, de esos de 37 grados centígrados a la sombra del tendido del 7, cuando cogí la bicicleta camino del trabajo; andaba yo jugando con los cambios para coger la pequeña subida de la calle San Bernardo, cuando sentí una pequeña agitación a la altura del ombligo, no sé como definirla, el caso es que me produjo una sensación de aviso previo a algo más importante, que no llegaba a vislumbrar, pero que deje correr, así, seguí subiendo hasta llegar a enfilar dirección Glorieta de Bilbao, en esto, que me viene como una especie de síntoma, como una pequeña sensación de “Efecto Ventouri”, propiciado, achaque, a la despampanante comida que minutos antes había saboreado, a todo esto cambiando al plato grande y a un piñón más pequeño para permitirme ir más fluido antes de llegar a Alonso Martínez y acometer la bajada a Colón.
De repente, tengo la seguridad completa que estoy como hinchado y que el continuo movimiento de rodillas, caderas e intestinos me producen una estimulación que no sé donde me va a llevar, pero, que empiezo a sospechar.
Enfilo la Calle Goya y, un semáforo se me pone rojo, justo en la transversal con Serrano, así, que como siempre suelo hacer, pongo mi pie izquierdo sobre el asfalto e inclino ligeramente la cadera, ¡¡en que hora, “madre”!!, justo cuando estoy frenando, a mi izquierda para un Mercedes, de color azul ultramar, elegante él, de una línea de esas que dicen aerodinámica, de esos descapotables con un tío requetepeinado, de esos con gomina en el pelo y trajeado impecablemente, me mira con gesto despreciativo, de esas miradas que lo dicen todo de ese tipo de individuos, y, yo, que en ese momento giro un poco la cadera y ¡¡Señor!!, ¡¡Señor!!, relaje de tal manera la zona donde la espalda pierde su buen nombre, que estalle en una amalgama de sonidos y olores, que se expandió en un radio de unos dos metros; el semáforo todavía en rojo y el ejecutivo requetepeinado, con gomina en el pelo y traje de Milán, tragándose todo, todo, todo.
El semáforo se puso en verde y yo un poquito más aliviado seguí pedaleando camino del curre, todavía con ciertas sensaciones un poquito molestas, pero, ¡¡Pardiez!! que me sentí en ese momento muy a gusto sobre mi bicicleta.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
















































